La sonámbula

El dia que me fui de mi playa pasé a ver a la sonámbula, una bruja y vidente que adivinaba pensamientos, se co­municaba con cualquier persona aunque estuviera lejos y hablaba con los muertos. Le decían la sonámbula –se llamaba Eterna– porque cuando entraba en trance parecía dormida, pero con los ojos abiertos. Se pa­seaba por el cuarto gesticulando y no había que despertarla porque causaría una trage­dia. Yo también, en una época, era sonám­bulo y sufría de pesadillas, así que tenía­mos algo en común. Pronosticaba el futuro y desenterraba cosas en el pasado que uno mismo no sabía. Leía cartas y manos como las gitanas, pero era más profunda. A los chicos nos decía que había que pasar por la infelicidad de la infancia para llegar a ser gente. Había sido casera y conocía muchos secretos de familia.

Camino del aeropuerto en el busito, que hizo un desvío, llegamos a Las Delicias y allí nos metimos por un laberinto de callejuelas estrechas y tortuosas que no llevaban a nin­gún lado. Hacía unos años se creía que iba a ser un balneario próspero: un especulador se compró toda la tierra y se puso a lotear. Abrieron calles redondas y otras ondulan­tes o en forma de herradura, con puentes peatonales sobre la calle, porque pensaban que iba a haber tanto tráfico que la gente tendría que cruzar por el aire. Pero el proyecto quedó en la nada; brotaron yuyos en la calzada y se treparon enredaderas a los puentes. Era un barrio que se me aparecía en sueños cuando yo andaba perdido.


Il·lustració: Joan Tharrats

Salimos al campo abierto. La casa de la so­námbula era un rancho con higuera, al fi­nal de un huellón. Lo protegía del viento una valla de álamos. Bajo un sauce llorón de largas crenchas corría un arroyo de agua salada. Cerca había bancos de arena y una entrada de mar.

El busito me dejó en la puerta –iba a pasar a recogerme el próximo– y me abrió una mujer cuarentona muy distinta a lo que la gente se imaginaba, sucia y desarrapada pero con aspecto de ama de casa cualquiera salvo por los ojos sin fondo. Tenía un pa­ñuelo atado en la cabeza. Cuando se lo sacó se le desplazó la cabellera. Usaba pelucas que lavaba y colgaba con la ropa en un patio atrás, donde había una cancha de bochas.

Recibía en una salita a media luz con una mesa redonda de tres patas. La pantalla de la lámpara parecía hecha de telarañas. Nos miraba, desde una jaula y con un solo ojo de vidrio, un loro embalsamado. Afuera chi­llaban pájaros colgados de las patas como murciélagos. En la cancha de bochas, donde jugaban unosviejos, parecía que rodaban cabezas. Cuando llovía, unos sapos nacidos de los charcos croaban como ahogados.

Nos instalamos. Yo en una banqueta alta que no me dejaba tocar el piso ni con las puntas de los pies y ella en un sillón des­fondado. Por todos lados colgaban telas y cortinas de flecos como harapos y giraban y aleteaban unos móviles de pajaritos de lata que parecían veletas. Parpadeaba una pan­talla de vidrio sin imagen. Una sombra me rozó el pantalón. Era un gato que me pasó entre las piernas. Esquelético y con dientes de momia; tenía noventa y nueve años. Ha­bía olor a gas y se oían ruidos de cacero­las, golpeteos de llamas y un murmullo de agua. La sonámbula me apretó las manos y sentí que me sacaba los dedos como si fue­ran guantes.

Me animé y le pedí que me interpretara un sueño.

Se echó para atrás, hundiéndose en el sillón.
—A ver, hijo, contáme.

Cerró los ojos, pero sentí que me miraba a
través de los párpados.

Mientras yo hablaba, ella movía los labios, como si las palabras salieran de su boca, gi­raba la cabeza como lechuza –a veces una vuelta completa– y se le abrían cada vez más los ojos, atrás de los párpados, extra­viados en una visión.

—Es un sueño que he tenido varias veces, en el momento de dormirme. Cierro los ojos y de pronto me parece que una jirafa estira el pescuezo, me mete la trompa húmeda en la oreja y me dice algo. No me atrevo a mirar, me acurruco bajo las mantas, pero la jirafa sigue murmurándome en el oído. Yo no sé qué hacer, saco los brazos y me agarro del pescuezo y sigue la voz, que me recorre el cuerpo.

—Las jirafas no tienen voz —dijo la sonám­bula.
—¿Y entonces?
—El pescuezo es de alguien que te quiere
mucho y no te suelta.
—¿Y la voz?
—Un amor mudo.

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